COLAPSO Y RELIGACIÓN, EN LA PERSPECTIVA DEL MINDFULNESS





Toda interpretación de la realidad percibida genera unas necesidades de interacción, ambas intrínsecamente ligadas entre sí. Un ejemplo muy sencillo: si interpreto una situación determinada como peligrosa para mi integridad, interactúo con esa situación peleando o escapando. Mi interpretación determina mi reacción.
La posibilidad de que nuestra civilización colapse, y con ella nuestra especie, es una interpretación a partir de los datos sobre cambio climático y agotamiento de los recursos energéticos, en el actual marco político, económico, cultural y sicológico (que hace del crecimiento económico, de la acumulación y del consumismo valores sagrados). Además, hay intuiciones que apuntan en la dirección de que ése colapso ya se está produciendo: las guerras y las crisis humanitarias se suceden, los sistemas políticos y los países colapsan…Pero por certeras que nos parezcan nuestras reflexiones e intuiciones, no debemos olvidar que es la interpretación que hacemos de esos datos (científicos e intuitivos) lo que nos lleva a predecir ese colapso y a adoptar una posición personal, sicológica, política y moral al respecto.  A veces, la carga que supone la percepción del colapso, bloquea la interacción con el momento presente, con el ser y el estar aquí y ahora, ambos elementos centrales del mindfulness.  Trabajamos y luchamos pensando en algo que aún no ha sucedido, por mucho que creamos que va a suceder…o que ya está sucediendo.
A lo largo de la historia de la Vida en La Tierra, las grandes extinciones se han ido sucediendo. Y sin embargo, la Vida ha continuado.

 


Durante la última era geológica, el Holoceno (más o menos los últimos 12.000 años), también se está produciendo una gran extinción de especies, particularmente acelerada desde mediados del S XX. Muchas voces autorizadas en la comunidad científica empiezan a hablar del Antropoceno (su comienzo podría situarse a finales del S XVIII, con el inicio de revolución industrial)  como una nueva era geológica en la que nos situamos, debido al significativo impacto global que las actividades humanas están teniendo sobre los ecosistemas terrestres. A pesar de que éste término va ganando cada vez más fuerza en la comunidad científica, aún no ha sido aprobado por la Comisión Internacional de Estratigrafía.
La percepción de un colapso civilizatorio no debe visualizarse como la del colapso de la Vida. Esta idea es fácil de compartir y de asumir intelectualmente, pero el “antropocentrismo  residual” que hay dentro de muchas de las personas que advertimos sobre el riesgo de colapso de nuestra especie, no solo de nuestra civilización, nos lleva una percepción dolorosa sobre la posible pérdida de aquello que nos parece más intrínsecamente humano: el amor y la inteligencia ¿Desaparecerían con nuestra especie?
La inteligencia es un ingrediente que está contenido en el despliegue de la vida, y aún en el despliegue mismo del universo. El calibrado y el equilibrio de fuerzas que se da el big bang (que con modificaciones infinitesimales haría imposible el surgimiento del cosmos) , el despliegue autogestionado de la Vida, con toda su complejidad, no sería posible sin una inteligencia organizadora, de la cual la que ostenta nuestra especie no es más que un pálido reflejo.
Sobre el amor, me limito a reproducir las palabras de Leonardo Boff:
Frecuentemente me invitan a hablar sobre el amor. La verdad es que siento cierto reparo, porque esta palabra —amor— es una de las más desgastadas de nuestra lengua. Y como fenómeno interpersonal, uno de los más desvirtuados. Para no repetir lo que todo el mundo oye y sabe, suelo abordar el tema inspirándome en uno de los mayores biólogos contemporáneos: el chileno Humberto Maturana. En sus reflexiones contempla el amor como un fenómeno cósmico y biológico. Expliquemos lo que quiere decir: el amor se da dentro del dinamismo de la propia evolución desde sus manifestaciones más primarias, hace muchos miles de millones de años, hasta las más complejas del nivel humano. Veamos como entra el amor en el universo.
En el universo se verifican dos tipos de acoplamientos (encajes) de los seres con su medio, uno necesario y otro espontáneo. El primero, el necesario, hace que todos los seres estén interconectados unos con otros y acoplados a sus respectivos ecosistemas para asegurar su supervivencia. Pero hay otro acoplamiento, que se realiza espontáneamente. Los topquarks, la primera condensación de la energía en materia, interaccionan sin razones de supervivencia, por puro placer, en el fluir de su vivir. Se trata de encajes dinámicos y recíprocos entre todos los seres, no vivos y vivos. No hay justificaciones para esos encajes. Suceden porque suceden. Es un acontecimiento original de la existencia en su pura gratuidad. Es como la flor que florece por florecer.
Cuando se relacionan uno con o otro (digamos dos protones) y se crea así un campo de relación, surge el amor como fenómeno cósmico. El amor tiende a expandirse y adquirir formas cada vez más inter-retro-relacionadas en los seres vivos, especialmente en los humanos. En nuestro nivel es más que simplemente espontáneo como en los demás seres; se hace proyecto de libertad que acoge conscientemente al otro y crea el amor como el más alto valor de la vida.
En esta deriva, surge el amor ampliado que es la socialización. El amor-relación es el fundamento del fenómeno social y no su consecuencia. En otras palabras: el amor-relación da origen a la sociedad; ésta existe porque existe el amor y no al contrario, como convencionalmente se cree. Si falta el amor-relación (el fundamento) se destruye lo social. Sin el amor lo social adquiere la forma de agregación forzada, de dominación y de violencia, estando todos obligados a encajarse. Por eso siempre que se destruye el encaje y la congruencia entre los seres, se destruye el amor-relación y con ello, la sociabilidad. El amor-relación es siempre apertura al otro y con-vivencia y com-unión con el otro.
No fue la lucha del más fuerte por la supervivencia lo que garantizó la persistencia de la vida y de los individuos hasta los días actuales, sino la cooperación y el amor-relación entre ellos. Nuestros ancestros homínidos se fueron haciendo humanos en la medida en que repartían cada vez más los resultados de la cosecha y de la caza, y compartían sus afectos. El mismo lenguaje que caracteriza al ser humano surgió en el interior de este dinamismo de amor-relación y de distribución.
La competición, enfatiza Maturana, es antisocial, hoy y antes, porque implica la negación del otro, el rechazo a compartir y al amor. La sociedad moderna neoliberal y de mercado se asienta sobre la competición. Por eso es excluyente, inhumana y produce tantas víctimas, como la actual crisis ha revelado. No trae felicidad porque no se rige por el amor-relación. La crisis actual se originó, en parte, por la excesiva competición y por la falta de cooperación. Es aceptable una sociedad con mercado pero no sólo de mercado.
¿Cómo se caracteriza el amor humano? Responde Maturana: «lo que es especialmente humano en el amor no es el amor, sino lo  que hacemos con el amor como humanos; es nuestra manera particular de vivir juntos como seres sociales en el lenguaje; sin amor no somos seres sociales».
Vemos, pues, que el amor es un fenómeno cósmico y biológico. Al llegar al nivel humano se revela como un proyecto de libertad, como una gran fuerza de unión, de entrega mutua y de solidaridad. Las personas se unen y se recrean por el lenguaje amoroso, el sentimiento de bienquerencia y de pertenencia a un mismo destino.
Sin el cuidado esencial, el encaje del amor-relación no se da, no se conserva, no se expande ni permite el consorcio con los demás seres. Sin el cuidado no hay atmósfera que propicie el florecimiento de aquello que verdaderamente humaniza: el sentimiento profundo, la voluntad de compartir y la búsqueda del amor.
Creo que hablar así del amor tiene sentido porque nos hace más humanos.”
Leonardo Boff es autor de Gracia y experiencia humana, Trotta.

El amor y la inteligencia, como todo lo que hay contenido en los seres humanos, desde el primero de los átomos hasta nuestro sofisticado cerebro, todo, todo estaba antes contenido en el universo que nos creó. Tal vez si nuestra especie fracasa, arrastrada a su destrucción por valores antihumanos y opuestos al devenir cósmico, dentro de millones de años emerja otra especie capaz de desarrollar una vida más simple y más amorosa. Tal vez, si nos perdemos, aquello que es lo mejor que tenemos, no desaparezca para siempre con nuestra especie.

Hay un espacio amplio de trabajo válido para encarar estos tiempos de incertidumbre. La duda sobre lo que va a pasar, la incapacidad para anticipar colectivamente acontecimientos, nos da  la oportunidad para profundizar la experiencia del interSer  (vocablo acuñado por el monje budista Thich Nhat Hanh y que se refiere a la intercomunión entre todos los seres sintientes que  formamos parte del universo, en mutua interacción).
Ya no se trata de salvarnos ni de salvar la especie. Solo de vivir en plenitud cada día. Y el camino de la plenitud pasa por el descubrimiento vivencial, no intelectual, o no solo intelectual, de la resonancia con la Totalidad y con la conciencia de ser parte integrante de la Vida. No vivimos sobre la naturaleza. Somos parte de ella. Somos naturaleza. Y más que aprenderlo, y más que enseñarlo, hay que vivirlo y hay que transmitirlo. Tal vez así podamos redimirnos como especie.
¿Qué hacer?
Vivir en paz con nuestros mundos.
Vivir en paz con nuestras entrañas, aceptando tanto nuestros límites como nuestro potencial. Amarnos tal y como somos.
Vivir en paz con la humanidad. Dejar que la fuerza del amor se lleve el miedo a la otredad.  Sin ese miedo, la necesidad de acumular se desvanecerá. La necesidad de defenderse se ajustará a los mínimos necesarios, si tales mínimos existen. Cambiar amor por miedo ¡Qué gran inversión!
Vivir en paz con la Tierra, nuestra madre. Ella nos ha creado. Sin Ella estamos perdidos. En nuestra ofuscación, buscamos acumular y acaparar riquezas y placeres, inconscientes del daño que causamos a la Tierra y cada quien a sí mismo.
Solo desde el camino de la paz profunda, nuestra especie podrá seguir integrada, en el puesto que le corresponde, en el hermoso árbol de la Vida.

El camino de la redención es como las vías del tren: dos raíles para un único camino, ambos imprescindibles. Uno es el de la interiorización, que nos ha de descubrir lo auténtico que nos habita y que nos constituye. La meditación, la introspección, la reflexión…La oración para las personas creyentes…Nos enseña caminos sobre los que avanzar hacia la plenitud (y la salvación). El otro, la religación. Recuperar el sentido de pertenencia a la Tierra. Recuperar el asombro y el encantamiento, volver a vibrar con ese espectáculo exuberante del que formamos parte: la Vida.
El ferrocarril tiene en su recorrido estaciones, también nuestro camino. Familia, pareja, ideas…Son estaciones por las que habrá que pasar en el viaje hacia la plenitud, pero sin quedarse en ellas. Recocer su importancia y venerarlas como merecen, pero sin dejar de avanzar por el único camino que puede salvarnos: el de la interiorización y la religación.
Así podremos construir una humanidad viable en un planeta, no lo olvidemos, finito.