miércoles, 20 de enero de 2016

TERCERA RUTA, PRIMERAS REFLEXIONES.

 



      En realidad, no son las primeras reflexiones. En las pestañas de este blog podéis leer las reflexiones desde las cuales me lancé a este proyecto. Son, para ser exactos, las primeras que voy a publicar, desde que empezé con las rutas conscientes. Y eso a pesar de que soy plenamente consciente de que tres rutas son pocas para aventurar hipótesis muy elaboradas, experimentadas y juiciosas.
¿Que me mueve a compartir ahora estás ideas? Dos cosas: la primera, el caracter abierto y participativo que intento que tenga éste proyecto. Con la presentación de mis primeras impresiones, os estoy invitando a participar en el desarrollo de la idea. Y la segunda, la experiencia de ayer en Los Ancares, llena de novedades y de matices, que a mi me han dejado perplejo.

     Las dos primeras rutas fueron por el alto Eume, una zona que tengo muy trabajada en otro tipo de rutas. Tan trabajada, que desde mi casa puedo programar con bastante precisión cualquier actividad. Así, cuando preparé las rutas de mindfulness, pude conciliar con bastante detalle territorio y experiencias: aquí toca tal meditación, allá tal actividad. Ese nivel de preperación no es sagrado, hay que saber saltarselo, adaptarse al grupo y al momento. Pero da tranquilidad. Y así las rutas que hicimos fueron consecuencia de la interacción entre la planificación y la realidad del grupo y del momento. Por ejemplo, en la primera ruta, nada más empezar con una meditación de pié que pretendía ser la bienvenida al lugar y al momento ¡Se puso a llover! Adiós plan...Pero la existencia de un plan facilitó, para mi, la gestión y aceptación del momento.
     En las dos primeras rutas, en los grupos predominó la gente con experiencia en mindfulness o yoga. Eso para mi fue tanto una exigencia como una facilidad. El grupo ayudó un montón, cosa por la que quedé muy agradecido.
     La tercera ruta, por Ancares, discurrió por un entorno que conozco bien (cuatro veces he recorrido ese camino), pero no con tanto detalle como para llevar desde casa preparada cada actividad y cada parada. Además, la incertidumbre sobre lo que vamos a encontrar es mucho más elevada, dadas las diferencias geográficas tan grandes que hay entre la costa atlántica, punto de partida (y de planificación) y la montaña lucense. Y en el grupo predominaba la gente que se acercaba por primera vez al mindfulness, al menos a nivel práctico.
     ¿Que pasó? Que viví con mucha fuerza una experiencia de aceptación del momento, sin juzgar, sin objetivos, abierto a las circunstancias. Y que el grupo funcionó, una vez más, de manera genial.
     Empezamos con una introducción, aprovechando una zona resguardada, soleada y con intimidad. Seguimos con un tramo de silencio, con atención a las sensaciones del cuerpo, las del entorno y la forma en la que ambas se relacionan e interactúan. Y al llegar al Gran Árbol, casi al fianl de la subida, nos abrimos a compartir la experiencia. Pasamos a hablar, sí, pero de lo que estábamos viviendo, en ese momento-lugar: los detalles que cada quién apreciaba (no siempre los mismos, lo que nos permitió ver lo que veíamos y lo que veían las demás personas), lo que sentía.
     Para mi fue emocionante, desde una posición retrasada en el grupo, escuchar las exclamaciones de la gente cuando iban descubriendo las impresionantes vistas de O Cotarón (un lugar mágico de la sierra). Con cada paso, una perspectiva nueva, ampliada, renovada, que la gente supo apreciar, disfrutar y compartir.
     La alegría del descubrimiento, de la novedad, de lo que surje, fue mayor que en las rutas más trabajadas. La belleza (y soledad) del camino y del día, aportaron tanto o más que las actividades que yo podría programar.
     Ruta abierta, hermosa e intuitiva. Para mi, una experiencia mindfulness que compartí con el grupo. La enseñanza de la experiencia fue que pasé de un papel de guía y facilitador a uno de guía que comparte. Cada quien puso para la construcción de la experiencia sus sensaciones, y yo también. Compartir, en vez de enseñar. Y resultó tan gratificante...
     Y la próxima ¿Como será?

domingo, 3 de enero de 2016

CUANDO LLEGA LA LLUVIA




     Desde este blog, no podemos más que dar la bienvenida a la lluvia ¡Ya era hora! y prepararnos para seguir con nuestras actividades, a pesar de ella.

     Caminar por la naturaleza bajo la lluvia es una gran experiencia y más si se hace en un contexto de aceptación del momento y de atención plena.

     La lluvia crea un silencio diferente. Acalla sonidos de animales, esconde el sonido de los movimientos de las plantas; a cambio impregna el momento de un mantra suave, el sonido del agua al chocar con la Tierra, que se expande de forma natural por todo el paisaje.

     Con la lluvia, las sensaciones del cuerpo se intensifican: desde el incremento de la atención a un suelo más resbaladizo de lo habitual, hasta la exploración de la respiración y el ritmo de marcha, para mantener una intensidad que nos ayude a no enfriarnos y a no sudar. Esa búsqueda del equilibrio térmico bajo la lluvia, se expande y expende nuestra conciencia, nos da la posibilidad de integrarnos hacia dentro, sintiendo a la vez todo lo que hay en el entorno.
     Además, los ríos, arroyos y cauces de agua de todo tipo se muestran pletóricos. Las cascadas brillan y rugen. Y en los momentos de tregua, los juegos de luz son un auténtico regalo.

     Con la ropa de lluvia, el sonido del agua y las sensaciones del bosque empapado, es más fácil sentir el equilibrio entre caminar formando parte de un grupo y la soledad de cada quien. Solidaridad y compañía, enriqueciendo la experiencia de encuentro en todas las direcciones.

     Pero para disfrutar de todas estas ventajas, hay que salir con el equipo adecuado, con la actitud adecuada y elegir bien la ruta. Es importante llevar chubasquero impermeable y transpirable (sabiendo que no hay ninguno que haga milagros, pero sí productos a buen precio que nos pueden ayudar, y mucho, a disfrutar de nuestras actividades en invierno). Es importante "vestir por capas", empezando por una camiseta fina y ajustada al cuerpo, que sea transpirable; seguir por una prenda de abrigo, tipo forro polar, y una tercera capa que nos proteja de la lluvia y del viento, el famoso chubasquero. Como no siempre cuando llueve hace frío, podemos combinar las tres capas, poniendo y quitando forro o chubasquero según las condiciones, para une mejor gestión térmica.
     Muy importante: el calzado. Botas impermeables, con cordones (no las típicas botas de goma, que no sirven para caminatas largas y menos aún por terreno abrupto). Y calcetines que abriguen bien y transpiren.
     En cuanto a las piernas, lo mejor son los pantalones de montaña, de tejidos sintéticos de mayor o menor grosor. Se mojan, pero secan antes que cualquier otro modelo. Y cabe la posibilidad de usar un sobrepantalon impermeable y transpirable, si llueve a cántaros. Las mallas térmicas, los modelos más resistentes, también dan buen resultado.
     Y una gorra con visera ayuda a que la capucha no caiga sobre la cara de la persona.
     Y muy importante: ROPA Y CALZADO DE REPUESTO, para dejar en el coche y cambiarse al llegar.
     En cuanto a la ruta, mejor empezar por tramos boscosos, con senderos bien definidos. El arbolado nos protegerá y la facilidad de los senderos nos va a ayudar adquirir las destrezas necesarias para abordar este tipo de aventuras. Y si existe la posibilidad de un lugar en el que poder cambiarse sin mojarse, mejor que mejor (bien puede servir la puerta del maletero de una furgoneta).
    Y recuerda: hay que aceptar el momento, sea como sea.
    Y recuerda: ¡al mal tiempo, buena cara!




MUY PRONTO, RUTA DE MINDFULNESS, 
DISFRUTANDO DEL TIEMPO, SEA EL QUE SEA.